Escrito por Sofía Isbael Pérez Alfonso - Publicado el 16 de Junio 2020
Aquella noche que la soledad llego a mi cuarto le conté toda mi historia, como si fuéramos viejas
amigas. Charlamos bajo la compañía de un café y de un cigarrillo en la mano que calentaba mi
garganta cada vez que le hablaba de mi pasado. Me custodio, me abrazo, incluso se sintió
acongojada cuando le conté todo lo que perdí; como mi vida se frenó, como de la noche a la
mañana se desaprovechó el calor humano. Sentí que la esperanza se iba desvaneciendo a través
del tiempo y que el recuerdo poco a poco se volviá cotidiano. A media noche el tiempo se frenó
y las manecillas del reloj se adentraron en mi piel, de repente el cigarrillo se apagó, el café se
enfrió y la soledad con una lágrima en su rostro se desvaneció.